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“La solución no está en los túneles y los tubos, sino en el territorio. Necesitamos poner límites estrictos a la urbanización y la sobreexplotación de acuíferos”, escriben Elena Burns y Pedro Moctezuma.

 

Por Elena Burns y Pedro Moctezuma*

La consulta sobre el NAICM permitió que se expresara una sabiduría que nos podrá salvar de un colapso hídrico en el centro del país. Exigió frenar la urbanización a ultranza, a favor de un respeto por la integridad de nuestro entorno natural.

El lema “Yo prefiero el Lago” resonó entre las fibras de la cultura lacustre que sigue viva entre los descendientes de los originarios de esta bella cuenca. Una cultura que sabe que, en cuanto se acabe el hubris energético de la Era de Hidrocarburos, volveremos a depender de nuestros lagos por nuestra agua.

La primera obra del NAICM fue el Túnel Emisor Oriente (TEO), requerida para reemplazar las funciones de los vasos reguladores de Texcoco, los cuales reciben en demasía agua de toda la cuenca. Esa obra también era requerida para desalojar las aguas que ya no serían infiltradas al pavimentarse las zonas de recarga desde el Tlaloc hasta el Popocatépetl.

Se inició el financiamiento del TEO en 2007 a través de la secrecía fiduciaria del Fideicomiso 1928, manejado por la Conagua, el Sistema de Aguas de la Ciudad de México y la Comisión de Aguas del Estado de México. Utilizando modelaciones cuestionables que mostraban el Zócalo inundado, esta obra “de emergencia” fue asignada sin licitación ni proyecto ejecutivo a un consorcio encabezado por el Grupo Carso, a terminarse en 2012 por un costo total de $9 mil millones de pesos.

Sin embargo, hasta la fecha hemos gastado $50 mil millones en el TEO, y la Auditoría Superior de la Federación advierte que dicha obra no se concluirá pronto. Además, hemos gastado casi $20 mil millones más en obras hidráulicas complementarias—el entubamiento de los ríos de la subcuenca Texcoco, los túneles alimentadores desde el sur y poniente, así como la tala y encementación de lo que fue el Río Tula en Hidalgo para recibir el tobogán de aguas pluviales a ser desalojadas.

El TEO no resolverá las inundaciones y encharcamientos de la Cuenca, con o sin NAICM: la entrada a la primera lumbrera, excavada en roca sólida, se encuentra 9 metros arriba y 30 km de distancia de la zona arcillosa de Tláhuac y Valle de Chalco, la cual se hunde 35 cm al año. En 20 años, la contrapendiente a vencer será más de 16 metros.

Estamos en el mejor momento para dejar de tirar nuestros recursos públicos por un tubo. Los $8.1 mil millones que hemos gastado este año en el Túnel Emisor Oriente y las demás obras hidráulicas de NAICM hubiera sido suficientes para habilitar el Lago Tláhuac-Xico, un lago de 554 hectáreas que se ha formado en la zona arriba mencionada por los hundimientos regionales a causa de la sobreexplotación de los acuíferos.

Esta zona, y no el Zócalo, es la más profunda de la Cuenca. Al darle 9 metros de profundidad a este lago, podríamos almacenar las 44 mil millones de litros de aguas del suroriente de la Cuenca que se buscan desalojar vía bombeo por el Emisor Oriente. Así contaríamos con agua potabilizable suficiente para 1.2 millones de habitantes, en la zona con mayor déficit y peor calidad del agua de la cuenca. Y como propuso el Dr. Nabor Carrillo para Texcoco, el propio peso del agua “hará la obra,” comprimiendo las arcillas, resultando en un proceso progresivo de profundización.

A pesar de los prejuicios de los ingenieros “tuberos,” finalmente toda el agua que consumimos en la Cuenca de México proviene de la lluvia— ya sean lluvias que fluyen por los ríos de la Cuenca Cutzamala a 1100 metros abajo, o las lluvias infiltradas hace ocho mil años extraídos por los pozos en Iztapalapa. Al dedicar el agua de la cuenca a la propia cuenca, generaremos ciclos que nos permitirán restaurar flujos superficiales y subterráneos, así como zonas canaleras y chinamperas y flujos subterráneos. Esto implicará, por supuesto, mantener limpio nuestro “vaso,” siendo una estrategia más económica y viable que traer agua desde cada vez más lejos o profundo.

Contrario al chantaje de empresas que nos intentan imponer un sin fin de túneles, resulta que la mejor protección de la ciudad es contar con bosques sanos arriba y lagos en las zonas bajas. Siglo tras siglo cualquier túnel excavado en roca en el norte eventualmente quedará arriba de nuestra ciudad hundida.

La solución no está en los túneles y los tubos, sino en el territorio. Necesitamos poner límites estrictos a la urbanización y la sobreexplotación de acuíferos, recuperar la zona regulatoria en Texcoco, reforestar, recuperar suelos y chinampas, sanear las presas Guadalupe y Marín y el lago Zumpango y habilitar nuestros principales vasos lacustres.

Los debates en torno al NAICM nos permitieron revelar la desnudez de una élite económica, política y técnica acostumbrada a acaparar los recursos públicos e imponerse sobre el territorio para su propio beneficio, a costos ya no aceptables. La consulta nos mostró que solo con una participación ciudadana amplia e informada podremos revertir procesos destructivos e iniciar el camino hacia la sustentabilidad con equidad.

*Elena Burns y Pedro Moctezuma son integrantes de la Coordinadora Nacional Agua para Tod@s, Agua para la Vida.

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