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Este pareciera ser el sexenio del agua. Las últimas semanas ha habido tras­cendentes iniciativas y decisiones en torno al tema del agua por parte del gobierno federal: destacan los ocho proyectos prioritarios que deben ser concluidos para diciembre de 2023; entre ellos, el distrito de riego del pueblo yaqui, el proyecto Agua Saludable para La Laguna, el rescate del Lago de Texcoco, más los relacionados con presas y canales en Jalisco, Sinaloa, Nayarit y Campeche.

Son buenas noticias, indudablemente. En buena parte surgen de la respuesta a las voces, a veces airadas, siempre insistentes, de diversas comunidades y sectores sociales. Sin embargo, hay casos en que la justicia hídrica –por llamarle así– no se ve llegar en el horizonte porque no se escucha a quienes la demandan, o de plano porque quienes tienen derecho a ella han optado por los silencios. Así sucede con el agua de los pueblos de la Sierra Tarahumara: los rarámuri, los o’oba, los ódame, los warijóo.

Tal vez habría que decir mejor, el agua de la Sierra Tarahumara, porque ninguno de los pueblos anteriores le antepondría un posesivo a la naturaleza, que es de todos.

La paradoja, que raya en el absurdo, es que el agua que riega los fértiles y ricos valles del Yaqui y del Mayo, así como los distritos de riego del río Conchos y algunos del Bravo, nace en la Sierra Tarahumara y ahí, los pueblos indígenas carecen de ella, no sólo para regar, sino hasta para beber.

Varios factores hacen que el agua escasee en lo alto de la sierra e incluso en las barrancas: el cambio climático, la tala despiadada de los bosques y la devastación y la contaminación de los muchos proyectos mineros. Todo esto se agrava por la enorme carencia de infraestructura para siembra, cosecha, almacenamiento de agua, en toda la región.

Las sequías naturales se hacen más recurrentes por los factores anteriores y los habitantes de la Sierra Tarahumara son desplazados ya no sólo por la acción del crimen organizado, sino también por la falta de agua para sus familias, sus milpas, “magueches”, y para sus pequeños hatos. La estrategia de los rarámuris, desde hace varios siglos, es no confrontar, sino remontarse. Al llegar los españoles ellos vivían sobre todo en las vegas de los ríos, y ante la codicia de los colonizadores antiguos y modernos optaron por el silencio y lo más inaccesible de los montes.

Hay que escuchar esos silencios ahora, así como las protestas y denuncias que aumentan día con día. Los rarámuris son uno de los pueblos indígenas más excluidos, en mayor pobreza extrema, y la reivindicación de ellos debe comenzar por hacer efectivo su derecho humano al agua. En eso los gobiernos han sido omisos y hasta cómplices de la depredación y el despojo.

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