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Las lluvias tan amenazantes podrían ser nuestras fuentes de agua si les diéramos su lugar, afirma Elena Burns.

Por Elena Burns

El próximo corte en el suministro de agua nos asusta al no comprender de dónde viene nuestra agua y si se volverá una situación recurrente. Afortunadamente, la solución a nuestras crisis del agua está a la mano, escondida detrás de un trauma original que nos volvió dependientes de “expertos” emisarios de una lógica ajena.

Nuestra bella ciudad de altiplano, rodeada por volcanes y bendecida por abundantes lluvias tiene ahora una oportunidad de salvarse del colapso. Enfrentamos las propuestas de una aerotrópolis conectada a megatorres y ciudades de futuro por un entramado de segundos pisos, todo construido sobre tierras pantanosas sobre un sinfín de túneles, dependiendo para su agua de presas a 1100 metros abajo y pozos de hasta 2000 metros de profundidad. Todo sostenido por energía escasa en manos ajenas, con un planeta calentándose al punto de no retorno.

No hay mejor momento para poner fin a un modelo iniciado por los invasores hispanos de Extremadura. Montados en sus caballos, envalentonados por sus cañones de hierro, contemplaron el tejido casi impenetrable de canales entre “jardines flotantes” atendidos por nativos que se movían ágilmente a bordo de más de 20 mil canoas. Decidieron dominar no solo a los que laboraban para su propio bien común, sino al agua misma.

Pavimentaron su camino al poder con ahogados. Destruyeron diques y albarrones, violaron reglas diplomáticas, rompieron esquemas. El terror que sembraron dejó huellas profundas, la peor de todas, la que nos hace admirar, creer y servir a los usurpadores ciegamente, contra toda razón.

Afortunadamente, el dominio del terror no es total. Siempre queda una minoría que levanta voz desde la lógica profunda de los valores y visión de la cultura propia, para desenmascarar los proyectos faraónicos de los que gobiernan para su propio beneficio. Tal es nuestro momento en la Ciudad de México.

Expulsamos 630 mil millones de litros de aguas pluviales al año de nuestra cuenca, equivalente a 86 litros al día para los 20 millones que habitamos el Valle de México. Las lluvias tan amenazantes podrían ser nuestras fuentes de agua si les diéramos su lugar.

Al elaborar el Plan Hídrico del sureste de la cuenca encontramos abandonadas en las zonas altas obras para retener e infiltrar aguas de la época prehispánica, la Colonia y hasta los años 70 del siglo pasado. Con los apoyos adecuados, los pueblos y comunidades podrían lograr la infiltración de 130 mil millones de litros de agua y la retención de los suelos que ahora terminan azolvando los drenajes.

Brotarían de nuevo nuestros manantiales, y nuestros ríos correrían todo el año. Los 530 mil millones de litros restantes cabrían en una serie de reservorios de agua potabilizable, creados al profundizar los lagos y lagunas de la cuenca.

Expulsamos otros 1100 mil millones de litros de aguas residuales, recién importadas del Sistema Cutzamala y extraídas de los miles de pozos en Lerma y de la propia cuenca. La mayor parte es captada por la planta de tratamiento en Atotonilco, cuyos inversionistas tienen garantizado un retorno de 8% en utilidades por cada litro tratado, así como el control sobre el vital líquido para los fines que ellos determinen.

Esta agua sería suficiente para usos agrícolas, ecológicos, industriales y servicios, para lo cual se requiere expandir la planta de Cerro de la Estrella, construir su planta hermana en Tláhuac-Xico, y habilitar las decenas de plantas de tratamiento en desuso, así como construir una serie de plantas anaerobias para el reciclamiento local.

Desde 2007, hemos gastado $65 mil millones en los túneles Emisor Oriente, Emisor Poniente y Gran Canal, junto con las obras hidráulicas de NAICM. Este sistema de drenaje consiste en túneles empotrados en roca sólida para desalojar las aguas de una ciudad que sigue hundiéndose. La entrada a la primera lumbrera se encuentra a 2234 msnm, nueve metros arriba de la zona más baja de la Cuenca (Tláhuac-Valle de Chalco), en donde la superficie se hunde 35 cm al año.

En 20 años, la entrada al Túnel Emisor Oriente (TEO) quedará a 16 metros arriba de la lluviosa zona sur de la Cuenca.

Las empresas tuneladoras nos dicen que tenemos que seguir financiando el TEO para hacer valer lo que ya se gastó, argumento que les garantiza contratos hasta el colapso de la Ciudad. Faltan 30 km más de túneles para conectar los túneles del sur de la cuenca con el TEO, y ya han iniciado la tala de los milenarios ahuehuetes que cobijaban el Río Tula Alta, para reemplazarlos con un megacajete de cemento que recibiría las macroinundaciones provenientes de la Cuenca de México.

Habiéndonos protegido de las lluvias, ahora se dedican a buscar desde dónde nos pueden traer agua. La Conagua y el Banco Mundial ya anuncian un nuevo proyecto para expandir el Sistema Cutzamala, el cual aparentemente implicará lograr el desalojo, previa “consulta”, de pueblos indígenas.

Ahora sí, nos dicen, el próximo túnel, trasvase, pozo ultraprofundo o proyecto de hiperexapansión urbana será el último. Salir de estas falsas soluciones nos requerirá comprometernos con la defensa y la buena gestión del agua en su territorio. Para hacer el Plan Hídrico del sureste de la cuenca, generamos propuestas consensadas a través de recorridos realizados entre chinamperos, ejidatarios forestales, especialistas diversos, maestras, pobladores e ingenieros de las comisiones de agua federal, estatal y de la Ciudad de México. Con lo que se gasta en 3 años para los túneles, podríamos haber resuelta la crisis en esta zona crítica.

Estamos en el momento crítico para tomar las riendas. Tenemos que frenar en seco la hiperurbanización, empezando con el NAICM. Tenemos que dejar de mandar nuestros recursos públicos por un tubo, y dedicarlos a crear reservorios de aguas pluviales potabilizables. Tenemos que tratar y reciclar nuestras aguas residuales aquí en la cuenca.

Ha llegado el momento para poner fin al modelo impuesto. Con o sin nosotros, los lagos se impondrán.

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